El Grito VII

VII

Cuando Ramón Santillana llegó aquella tarde a su casa, era ya de noche, se había quedado un rato más para hablar con los gañanes de su tía, le había pedido ella que se quedara hasta que estos llegaran, y les preguntara qué estaban haciendo, por dónde iban las cosas, ella no estaba acostumbrada a hablar de estas cosas con los gañanes y siempre recurría a su sobrino para que este los controlara por donde iban, quería saber por boca de su sobrino cómo iban las cosas, que este le informara de lo que estaban haciendo. Su marido siempre se había encargado de controlar la marcha de la casa, a ella le había dado siempre todo resuelto, de nada se había tenido que preocupar.

A la muerte de este habló con su sobrino Ramón, y este se comprometió con ella a resolverle aquellos problemas que se le pudieran presentar, siempre que la solución estuviera a su alcance. Siempre hasta ahora le había resuelto todo, en él tenía plena confianza, y esperaba que la relación que con él tenía no se truncara nunca.

Al llegar Ramón a su casa aquella tarde encontró a su hija con unas ganas enormes de contarle cómo le había ido la escuela. Pensaba que su padre podría estar preocupado, pensando que no se iba a acostumbrar a estar en este tipo de escuela, como le decía su tía Sofía, y trataba de tranquilizarlo a través de la experiencia que aquella tarde había tenido.

Sentó a su padre en una mecedora al lado de la estufa, ella arrimó una silla a su lado, y se puso a contarle toda la experiencia que de la escuela había sacado.

Cuando Ramón vio cómo su hija lo cogía de la mano, lo acercaba a la estufa y le hacía sentarse en una mecedora, mientras ella acercaba una silla, se sentaba a su lado y empezaba a contarle cómo le había ido en su nueva escuela, sintió Ramón la alegría de ser padre. Siguió Ramón con suma atención el relato que dos horas antes le había hecho Josefina a su madre, estaban hablando cuando llegó Amparo a decirles que la cena estaba hecha y la iban a servir enseguida si a ellos no les importaba suspender el relato para que una vez cenados continuar con él toda la familia.

Bueno, dijo Josefina, mejor será que lo hagamos así, cenamos primero, y después continuamos hablando todos juntos. Vamos a tener muchas cosas que comentar, va a ser mejor que lo dejemos ahora para cogerlo después con más fuerza, para mi va a ser una gran experiencia este cambio del que espero sacar un gran provecho. La sobremesa fue larga, se habló mucho en aquella casa de lo que debía ser la educación, de la forma de impartirla, de lo esperpéntica que resultaba la figura de la Iglesia a la luz que estaban dejando en sus escritos los nuevos pensadores, los nuevos pedagogos, de lo que el mundo tenía que cambiar, de lo necesitado que estaba de ese cambio. Después de haber estado hablando un rato Josefina con sus padres, viendo Marcelo que él no tenía nada que decir, cruzó los brazos sobre la mesa y muy pronto estuvo dormido. Cogió Amparo a su hijo y lo llevó a la cama. Al volver Amparo al comedor viendo que su marido y su hija permanecían callados les dijo: verdad es que el mundo necesita un cambio, más que un cambio, necesita cambiar muchas cosas, pero esto no lo podemos hacer nosotros esta noche, pienso que será mejor que nos acostemos, y desde la cama sigamos pensando en lo mucho que queda por hacer, vais a ver que pronto nos dormimos. Tanto a Josefina como a su padre les pareció bien la idea de Amparo, y decidieron irse a la cama y desde allí aguardar la llegada de las ideas que le ayudaran a aportar su grano de arena para construir un mundo mejor. Estaban cansados, había sido un día de mucho ajetreo y de muchas emociones, el sueño acudió en su ayuda, y pronto estuvo dormida toda la familia.

A la mañana siguiente Josefina estuvo despierta un gran rato esperando la llegada del amanecer. Con las primeras luces llegó su madre a buscarla para ir a la escuela, acababa de dormirse, llevaba un buen rato esperando la llegada del alba cuando la venció el sueño, al sentir la voz de su madre dio un salto y quedó sentada en la cama. Me he dormido, le dijo a su madre, necesito un despertador, si no esto me va a pasar con mucha frecuencia, he estado despierta mucho tiempo y al final el sueño me ha vencido, me pasa esto muchas veces y no quisiera llegar tarde a la escuela nunca.

No te preocupes todavía tienes tiempo suficiente para arreglarte, desayunar, y llegar a la escuela antes de que abran. He dejado puesto el despertador pensando que a mí podía pasarme lo mismo, tienes ya preparado el desayuno y al menos hoy no vas a llegar tarde. Le ayudó su madre a arreglarse y pronto estuvieron en el comedor desayunando. Hacía una clara mañana de primavera, la estufa ya llevaba un rato encendida, y se oía el ruido del carbón al arder en el canastillo.

Llamaron a la puerta. Son mis amigas, dijo Josefina, vienen a buscarme. Ya he dejado encargada a Joaquina de que las pase aquí cuando lleguen, le dijo su madre. No te preocupes, las vas a ver entrar enseguida, pronto vais a estar en la escuela, os queda muy cerca, y no vais a llegar tarde, acaban de llamar, creo que serán ellas.

Como su madre había pensado eran ellas, habían sentido abrirse la puerta, y en el patio las oyeron hablar con Joaquina. Abrió la puerta Josefina y las invitó a pasar al comedor, tenían tiempo suficiente para llegar a la escuela, les presento a su madre y al presentarse ellas le dijeron, somos las amigas de Josefina, quedamos ayer en que vendríamos a recogerla. Les ofreció Amparo tomar un café que estas aceptaron después de que Amparo insistiera. Tenían tiempo suficiente para tomar el café y llegar sin hacer tarde a la escuela.

Pronto salieron de la casa Josefina y sus amigas. Habían tomado un café con leche y un mantecado en casa de Josefina ante la insistencia de Amparo y de Josefina, que se tuvo que tomar otro café para que a sus amigas no le diera vergüenza. Habían desayunado dos veces y los mantecados habían estado muy buenos, dijeron. Mientras en la casa se empezaba con la rutina diaria, hacer camas, fregar lo suelos, ir a comprar a las tiendas los alimentos que les hicieran falta y todas aquellas cosas que pudieran necesitar. El trabajo de las casas siempre ha sido repetitivo y aburrido. Decía Joaquina que el trabajo de las mujeres era muy parecido al de los burros que trabajaban sacando agua de las norias, dar vueltas y vueltas por el día, hasta que llegaba la noche y los soltaban, para al día siguiente repetir los mismos pasos. No le gustaba a Amparo oír estas cosas, aunque no solía darse por aludida. A veces solía decir: Cuando nacemos ya tenemos marcada la senda de la vida, y de esa senda no nos podemos salir, el destino nos lo marcan los dioses y nosotros no podemos eludirlo. Podemos soñar y nuestro único consuelo es que no conocemos nuestro destino hasta que nos llega, si cuando nacemos supiéramos el programa que teníamos que seguir todo lo que nos queda que hacer, los tropiezos y las caídas que íbamos a recibir, para que al final solo quede un farol y una manta en el suelo.

Calló Amparo, sin decirse nada cada una se dirigió a sus ocupaciones, todas sabían lo que tenían que hacer y siempre no se puede estar pensando, reflexionó Joaquina.

Llamaron a la puerta, era el hombre que repartía el periódico, lo recogió Amparo, lo pasó al comedor y se lo entrego a Ramón que ya había terminado de desayunar. Como agua de mayo recibió Ramón el Liberal, periódico progresista, del que Ramón sacaba su segundo desayuno. Sabía que en España las ideas políticas se removían, se estaban moviendo los intelectuales, trataban de abrirle camino al progreso mientras la Caverna reaccionaba con furia y con odio.

A punto estaba de morir Fernando VII el Deseado y al que el pueblo nunca debió desear. En los infiernos llevaban mucho tiempo esperándolo, con sus rezos, los obispos trataban de abrirle las puertas del cielo, pero el rey se agarraba a la vida, no se moría, y cuánta gente estaba esperando su muerte. Sabía Ramón que a un rey le seguía otro rey, como a la luz le siguen las tinieblas, pero mantenía la esperanza que al menos le siguiera una reina. En torno a la reina se estaba moviendo todo el pensamiento liberal, pero otros muchos se movían en torno a don Carlos, conservador a ultranza y hermano del rey, que estaba buscando los apoyos necesarios, pare evitar que a la princesa Isabel la nombraran reina de España.

Ramón Santillana, que era liberal, tenía ideas progresistas, y estaría dispuesto a dar la mitad de sus bienes, si con esto pudiera impedir que nombraran rey a Don Carlos.

El pueblo a Isabel no la conocía pero la apoyaban los intelectuales más liberales y progresistas, y la esperanza que tenía el pueblo era progresar, sabían lo que la palabra conservador significaba. Solo se conserva lo que se tiene, y lo único que nosotros tenemos es hambre, y el hambre es lo que no estamos dispuestos a conservar, llevamos mucho tiempo en compañía suya, y cuántas cosas no daríamos por olvidarnos de ella para siempre, decían los trabajadores de la tierra.

Así estaban las cosas en España, cuando desde su cama, Fernando VII el Deseado, estaba esperando la llegada de la Vieja Dama, desasosegado e inquieto, pensando que no había sido lo bueno que debiera y mirando cómo los obispos y prelados trataban con sus rezos de encarrilar su alma al cielo. Pensaba el Deseado que tal vez fuera tarde para que rezaran por él, y que hubiera sido mejor haberse quedado en Francia disfrutando la holgada pensión que Napoleón le había concedido, y haberse olvidado del poder que pensaba alcanzar, una vez que los españoles le nombraran su rey.

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