XXX. Epílogo

Tres días después de que Radio Nacional anunciara el final de la guerra, Regino acompañado por dos miembros del somatén, llegaron a casa de Anselmo, para que les acompañaran tanto él como su sobrina Luisa Rojas a presentarse en la casa de Falange Española. Tenían que responder de sendas denuncias presentadas contra ellos. Llevaban tres días Lucrecia y Luisa en casa de Anselmo esperando la llegada de los miembros del somatén, que vendrían a buscarlos. Durante estos tres días, cada llamada que hacían a la puerta les hacía pensar en Regino y en los miembros del somatén que con él vinieran a buscarlos. Ya sabían por las familias de otros presos, que durante los días anteriores a su detención habían sido interrogados, cómo se desarrollaban los interrogatorios. Pensaban que al haberlos dejado para el final se debía a que estos se habían distinguido menos, sin embargo fueron torturados salvajemente igual que los anteriores detenidos. Pensaba su familia, que antes de comer estarían en su casa, se equivocaban.

Hay un poema de Rafael Alberti que, escrito en los días posteriores  al final de la guerra, y publicado después de terminada la guerra civil española, y que a continuación trascribo, dice así:

Se equivocó la paloma,
Se equivocaba.
Por ir al norte fue al Sur
Creyó que el trigo era el agua.
Se equivocaba.
Creyó que el mar era el cielo
Que la noche la mañana.
Se equivocaba.
Que las estrellas rocío.
Que el calor la nevada.
Se equivocaba.
Que tu falda era tu blusa.
Que tu corazón su casa.
Se equivocaba.
Ella se posó en la orilla,
Tú en lo alto de una rama.

Este poema, se  publicó a poco de terminar la guerra civil española, y en muy pocos días recorrió el mundo.

La familia de Luisa y Anselmo igual que la paloma del poema de Alberti, también se equivocaba. Cuando los vieron salir de su casa acompañados de Regino y de los dos miembros del somatén que los acompañaban pensaron que volverían pronto. A la hora de comer, viendo su familia que no llegaban se iban a acercar a la casa de Falange cuando llamaron a la puerta. Eran los dos miembros del somatén, que junto con Regino habían estado allí por la mañana para llevárselos. Venían a decirles que se iban a quedar allí detenidos de momento, que les prepararan comida hasta mañana, y al mismo tiempo les dijeron que les dieran otras ropas para los dos, ya que durante el interrogatorio se le habían roto y estaban manchadas de sangre. Era mejor que no fueran a verlos, porque no los iban a dejar pasar. El derrumbamiento de la familia fue total. ¿Qué habéis hecho? Preguntó Jacinta ¿Por qué no los dejáis ver, se van a morir, o están muertos ya? ¿Las torturas van a ser diarias, o mañana y tarde? ¿Hasta cuándo los vais a estar torturando, hasta que los matéis?

El miembro del somatén que había ido a llevarles la noticia le dijo que desde la casa de Falange los habían mandado al cuartel, para que la guardia civil los interrogara, y se habían pasado. Regino había estado con ellos durante el interrogatorio, y les había dicho que habían sido duros con ellos. Querían sacarles cosas que no habían hecho, para ponerlas en la declaración, y ellos no lo aceptaban. Ellos han aguantado valientemente la tortura y esa ha sido la causa de haber estado más tiempo con ellos, como la sangre es tan escandalosa… es por lo que nos han dicho lo de la ropa. Con la ropa limpia y seca se van a encontrar mejor, roto no tienen nada que se vea. Mañana a partir de las doce, que va a hacer veinticuatro horas de su detención lo podéis ir a ver, las chicas es mejor que no vayan para que no se asusten.

A la mañana siguiente, cuando Lucrecia y Jacinta fueron a verlos ya no estaban. El guardia que estaba de puerta les dijo, que hacía un rato que había llegado el camión encargado de recogerlos y los habían llevado a la prisión provincial, donde tenían que estar hasta que el juicio se celebrase. Una vez celebrado, si el tribunal militar encargado de juzgarlos dictaba sentencia y la sentencia era absolutoria, podrían irse a su casa, y si eran condenados a penas de cárcel, sus penas tendrían que cumplirlas, en la cárcel o campo de concentración al que fueran asignados.

Cuando Jacinta y Lucrecia trataron de levantarse de las sillas que el guardia había proporcionado para que oyeran el informe que les tenía que hacer, estaban hundidas. No se podían levantar, apoyándose la una en la otra lograron ponerse en pie. Sin despedirse empezaron a andar dirigiéndose hacia la calle. Antes de salir, miraron hacia atrás y observaron. Pegada a una de las paredes laterales, había una bandera de España,  en  la otra de las paredes laterales, en una hornacina estaba una imagen de la Virgen del Pilar. En la pared del fondo, aparecía pintada la bandera de España otra vez, también aparecía grabada, la insignia de la guardia y en grandes letras negras, había un letrero que decía: TODO POR LA PATRIA. Sonámbulas sin intercambiar palabra alguna entre ellas continuaron andando, hasta llegar a casa de Jacinta. Abrió Jacinta la puerta de la casa. Salieron a recibirlas sus hijas y el llanto fue el nexo que las mantuvo  unidas durante todo el día.

Seis meses después de que Regino, con dos miembros del somatén de Alameda de la Mancha que le acompañaban, se llevaran de su casa detenidos a Luisa y a su tío Anselmo, el fiscal del juzgado militar provincial solicitaba para ellos sendas penas de muerte por auxilio a la rebelión. Ambos fueron condenados a treinta años de reclusión mayor, que ninguno llegó a cumplir. Dos años después Jacinta recibió una carta firmada por el director del centro de internamiento donde Anselmo se encontraba, en la que le comunicaban que el penado Anselmo de la Rosa González había muerto como consecuencia de una infección intestinal, que no se había podido cortar a pesar del tratamiento médico suministrado. Sus restos se encuentran depositados en el lugar de enterramiento, que este centro tiene habilitado para ello.

A Luisa no la llevaron a ningún campo de concentración, la dejaron internada en la cárcel provincial para que cumpliese su pena. La cárcel provincial tenía capacidad para albergar cien reclusos y una población reclusa de mil doscientos penados. Cuando Anselmo se despidió de su sobrina, por que se lo iban a llevar a un penal de la sierra de Soria a cumplir su condena, apenas quedaban la mitad de los reclusos, que cuando llegaron. La desnutrición, las enfermedades, y las sacas de presos, que durante las madrugadas hacían con tanta frecuencia, para ser ejecutados, redujeron la población reclusa de la cárcel a la mitad. Después de la salida de Anselmo para ir al campo de concentración de Soria, la población reclusa instalada en la cárcel provincial, continuó disminuyendo, aunque con frecuencia llegaban reclusos nuevos, procedentes de los pueblos más cercanos, que carecían de cárceles donde los pudieran albergar. Continuaba llegando con relativa frecuencia el camión de los condenados y con una puntualidad extrema, una hora antes del amanecer era su hora de llegada. Para esta hora, los presos ya estaban despiertos y si no lo estaban, los despertaban sus compañeros o compañeras de celda cuando a esa hora oían abrir el primer cerrojo. Para algunos era la hora de salir a encontrarse con la muerte. Estaban preparados, lo habían visto y oído tantas veces.

Cuando se cerraba el último cerrojo, y poco después tras varios intentos, arrancaba el camión con los condenados y los falangistas o guardias civiles que los custodiaban, terminaban los golpes en puertas y paredes, y los insultos para quien se los llevaban, empezaba la hora del llanto. El llanto, en aquellas cárceles, no se acababa nunca. Todos los días había cosas por las que llorar, había que llorar por las torturas y por las violaciones. Todos los días había presos y presas torturados, y todos los días, había también violaciones y torturas en las cárceles españolas para los que defendieron la República y habían perdido la guerra. Fueron tantos los perdedores, que diez años después, todavía quedaban presos y presas de la guerra, por violar, por torturar y por ejecutar. Y había que llorar por los ejecutados por el hambre y las enfermedades que tantas muertes causaron.

A Luisa Rojas no la mataron en la cárcel. Seis años después de ser encarcelada,  y condenada a treinta años de reclusión mayor, fue amnistiada, poco podía hacer ya en la cárcel, apenas quedaba nada de lo que fue. En nada se  parecía a la chica que había sido. Tenía veintinueve años al salir de la cárcel y parecía una vieja. No quería que su familia fuera a verla, se sentía humillada. Mantenía cierta comunicación con su familia a través del correo, aunque en sus cartas nunca contaba las humillaciones, las torturas y las violaciones, que a menudo sufría. Trataba de ocultar a los suyos los malos tratos que recibía, no quería que su familia viera en las condiciones que se encontraba, lo que quedaba de ella.  Pensaba que  iba a morir o la iban a matar en la cárcel, lo que no esperaba era volver a Alameda de la Mancha, el pueblo donde había nacido y donde vivió los tres años más entrañables de su vida. Nunca pensó que en su pueblo, donde igual vivían los propietarios que los trabajadores, la fueran a denunciar para traerla aquí, para matarla de una u otra forma.

Cuando Luisa oyó desde las filas de mujeres encarceladas que había sido amnistiada y que tenía que abandonar la prisión en el plazo de cuarenta y ocho horas, quedó perpleja y sin saber qué hacer. Nunca había pensado que de allí iba a salir con vida, que fuera a volver a la casa de la calle del Alcalde Victoriano, junto al arroyo, ni que volviera a juntarse con su tía Jacinta y con sus primas. Desde la cárcel nunca pensó volver a juntarse con sus compañeros y compañeras, ni con sus amigos y amigas. No volvería a estar con su tía Lucrecia, ni cortaría los primeros racimos  en la parra del patio, ni buscaría los huevos de las gallinas entre los huecos de la leña, ni en la aguaderas, que olvidadas colgaban en la estaca de la cuadra. No volvería a sentir el roce del gato, cuando buscando caricias se restregaba entre sus piernas. Ni volvería a hablar con las vecinas mientras barrían la calle. Ni volvería a oír la voz del aguador ofreciendo su mercancía a primeras horas de la mañana, ni el paso de los gañanes al atardecer cuando volvían del trabajo, mientras las yuntas arrastraban el arado por el empedrado de la calle. Todo había sido un sueño. Lo supo cuando la hicieron subir al camión para llevarla a la cárcel. Nunca volverían los buenos días perdidos. Estaba muy enferma, ella iba a ser uno de los exterminados en las cárceles, ni siquiera iba a necesitar que le dieran el tiro de gracia.

El tiro de gracia se lo tenía que dar ella. Se despidió de las compañeras diciéndoles: Voy a la estación, si mi familia viene a buscarme, darle esta carta. No os preocupéis por mí, por hacer me queda ya muy poco, dadme un beso todas, voy a ver si me dejan ya salir. Acaban de perdonarme veinticuatro años de cárcel. De vosotras me llevo el mejor de los recuerdos. Abrazó a todas y salió pasillo adelante, buscando la salida de la cárcel. Con su documentación en regla abandonó la prisión donde había permanecido internada durante seis años, leyó detenidamente el documento que le dieron, estaba en paz con la justicia, en este documento venía el pueblo donde había nacido y la casa de donde la sacaron cuando la ingresaron en prisión. Mi cadáver va a ser plenamente identificable pensó, mientras se dirigía a la vía del ferrocarril. Continuó evocando recuerdos… Mientras, poco a poco se iba acercando hacia la muerte.

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