El Grito IX

IX

En la casa de Ramón Santillana poco a poco empezaban a organizarse. Josefina estaba contenta con el cambio que había dado su vida, ya iba sola a la escuela y en el camino se encontraba con sus compañeras. Todas las chicas de la escuela eran sus amigas, a todas las conocía, con todas se juntaba, con las que eran mayores que ella y con las más chicas, se encontraba contenta en el pueblo de su padre y de sus abuelos. Para ella los rezos habían pasado a un segundo plano, se había olvidado de ellos, la religión para ella había pasado, había dejado de inquietarle, a veces iban a ver a sus abuelos al Puente de los Desamparados, donde hablaba con su tía Sofía que siempre le preguntaba cómo llevaba sus relaciones con Dios, a lo que normalmente le contestaba que iban bien, tratando siempre de evadirse de las preguntas de su tía. Cierto día al preguntarle su tía por cómo llevaba sus relaciones con Dios, le contestó: Bien, aunque Dios y yo nos vemos poco. Aquella respuesta le supuso a Josefina el mayor enfrentamiento que con su tía había tenido en su vida. No pensó nunca que su tía pudiera llegar a ponerse así con ella. Fue a buscar a sus padres para decirles lo que se había atrevido a decirle su hija, diciéndoles que Dios lo sabe todo y si no lograba confesarse, arrepentirse y cumplir la penitencia pronto iba a correr un riesgo muy grande, ya que en las circunstancias en que se encontraba, si tropezaba con algo que le pudiera ocasionar la muerte, Dios no iba a tener más remedio que mandarla al fuego eterno. Acababa de cometer un pecado mortal y Dios sintiéndolo mucho no iba a tener más remedio que cumplir con la Ley Divina, ya que Dios a la vez que era infinitamente bueno, era infinitamente justo y en las actuales circunstancias, si llegaba a morir, no iba a tener más remedio que mandarla al infierno por pecadora.

Sofía estaba exaltada y sus abuelos pensaban que lo mejor que podía hacer era rezar y sobre todo rezar mucho y con mucha devoción. Rezar es levantar el corazón a Dios y pedirle mercedes, decía su abuela. Antes de que te pase nada, reza y pídele perdón a Dios que es nuestro padre, ya verás cómo te perdona.

Llegó Ramón a la casa de sus suegros, pasó al comedor donde esperaba encontrar a su familia, y se encontró a sus hijos con lágrimas en los ojos y asustados como nunca los había visto. Vio a su mujer que trataba de tranquilizarlos y a su cuñada Sofía, y a su suegra diciéndole a su hija Josefina reza, reza, reza. Miró a su suegro, y este sin contestarle se encogió de hombros y sin decir palabra continuó callado, miró a su mujer, y esta sonriéndose le contó todo lo que había pasado.

Sorprendido Ramón con lo que su mujer acababa de contarle, dirigiéndose a su hija le preguntó: ¿Sabes tú quién es tu padre? a lo que esta contestó: Claro, tú. Y si yo en alguna ocasión llegara a enterarme que tú le habías dicho a alguien que me veías poco, ¿acaso piensas que te iba a poner en la lumbre para que te asaras? No, de ninguna manera. Entonces ¿cómo puedes pensar tú que el padre celestial del que tampoco conocemos, te iba a mandar a que te quemaras durante toda la eternidad, por el mero hecho de decirle a tu tía Sofía que lo veías poco?

Rió Josefina con la forma en que su padre acababa de hacerle ver que de Dios sabíamos poco, y que no teníamos motivos para pensar como pensaba su tía. Una vez que a Josefina la vieron reírse, se unieron a ella su madre, su hermano, que antes había estado preocupado, y toda la familia, todos excepto su tía que salió de la habitación donde se encontraban dando gritos y augurándoles a todos que se iban a condenar. Habló Amparo, y dirigiéndose a sus padres dijo: Nosotros nos vamos a ir cuando terminemos de comer, voy a salir a la cocina para decirle al del coche que cuando termine de comer enganche las mulas y nos vamos a casa, a ver si durante el camino nos tranquilizamos y dejamos a Dios tranquilo, y él nos deja a nosotros.

Salió Amparo del comedor y se dirigió a la cocina, donde encontró al cochero hablando animadamente con las criadas, y dirigiéndose al cochero le dijo: Mira, Serafín, pensábamos habernos ido mañana, pero como ahora las tardes son largas, podemos llegar a Alameda antes de anochecer, por lo que hemos decidido irnos cuando terminemos de comer, échales de comer a las mulas y cuando terminéis de comer engánchalas, y salimos antes de que se nos haga más tarde. Acepto de buen grado, Serafín, las instrucciones que Amparo acababa de darle diciéndole, voy ahora mismo a echarle otro pienso a las mulas para que estén bien comidas para el viaje, y cuando terminemos de comer les doy agua, las pongo en el coche y nos vamos. Se despidió Amparo de los que estaban en la cocina diciéndole que pronto estarían aquí otra vez de vuelta, aunque sabía Amparo que el próximo viaje iba a estar más espaciado que los anteriores.

Cuando Amparo llegó al comedor les dijo que la comida iba a estar enseguida, que ya había hablado con Serafín, y que tan pronto como terminaran de comer enganchaba el coche y salían. Pregunto por Sofía, le contestó su madre diciéndole que la había llamado, y al no contestarle había ido a su habitación y la había visto estar rezando en voz alta de rodillas en el reclinatorio, no la había querido interrumpir, había vuelto a cerrar la puerta, y la había dejado con sus oraciones.

Llegó la hora de comer, y Sofía continuaba sin salir de su cuarto, fue su madre a buscarla, llamó con los nudillos a la vez que decía: Sofía, sal que vamos a comer, tu hermana y su familia se van a ir cuando comamos, no quieren que les coja la noche en el camino, no los entretengas. Sin abrir la puerta contestó Sofía a su madre: Estoy rezando por vosotros para que no os condenéis, comed vosotros, yo voy a permanecer aquí todo el día dedicándole a Dios todo el tiempo de que dispongo.

Cuando volvió la madre de Amparo al comedor donde la estaban esperando, antes de que nadie le preguntara, y dirigiéndose a Amparo con la mirada dijo: Está rezando, dice que le va a dedicar el día a Dios, vamos a comer, ella no va a salir hasta la noche, cuando no nos oiga y piense que nos hemos acostado, es lo que le pasa siempre, cuando no nos oye sale de su cuarto, va derecha a la despensa, corta un trozo grande de jamón y permanece allí con él hasta que se lo come.

Llegó Joaquina para poner la mesa al mismo tiempo que decía, enseguida traigo la comida. Pronto estuvo puesta la comida y pronto estuvieron todos comiendo, el único ruido que se oía era el de los cubiertos al rozar con los platos. Una vez que terminaron de comer llegó Joaquina diciendo, Serafín ya tiene el coche con las mulas enganchadas ¿van a subir dentro, o lo trae a la puerta? Vamos a subir dentro, dijo Ramón sin que nadie hiciera objeción alguna.

Al pasar al corral vieron a Serafín con el coche enganchado esperando a que salieran. Hacía una buena tarde, miró Ramón Santillana su reloj, eran las tres de la tarde y hacía calor. Sacó Serafín el coche de la casa con las mulas cogidas de la madrina hasta la calle, y una vez fuera soltó las mulas, las dejó andar y de un salto subió al pescante del coche iniciando el viaje de vuelta mientras las mulas intuyendo la vuelta a la cuadra comenzaron a andar más deprisa.

Dentro del coche Ramón y su familia, que durante la comida apenas habían hablado, se sintieron libres y empezaron a hablar, el tema era obligado y al sentirse libres fue Amparo la que primero trató de hacer ver a su marido y a sus hijos las circunstancias en que su hermana estaba viviendo desde que ellos decidieron venirse a vivir a Alameda. Una vez que Amparo explicó a su familia las condiciones de soledad y desamparo en que vivía su hermana haciendo hincapié en que las únicas salidas que hacía eran a la iglesia, y que las únicas visitas que se recibían en su casa eran curas, frailes y monjas, con el único mensaje que siempre llevaba esta gente era para adoctrinarla, y apoyarla en su fe y en sus creencias, aparte del tiempo que le dedicaban a exponerle las necesidades de la iglesia, teniendo en cuenta el dogmatismo que siempre la había caracterizado, esto había hecho que su hermana se encontrara al borde de la locura. No estaba Ramón Santillana en todo de acuerdo con la teoría que su mujer acababa de exponer, y trató de hacerle ver que si que llevaba una parte de razón, pero no toda. Pensaba, y así se lo dijo a su mujer, que su hermana nunca había sido una persona equilibrada, que había optado siempre por refugiarse en sus creencias religiosas, tal vez pensando en su delicada salud. Su extrema delgadez y su escasa capacidad de reflexión le iban a impedir formar una familia y esto unido a la buena relación que en su casa habían mantenido siempre con la parroquia, con las órdenes religiosas (monjas y frailes) establecidas en Puente de los Desamparados, había hecho que la religión la hubiera visto siempre su hermana como una parte importante de su vida, como parte de su yo, al no tener ocupaciones a las que dedicarse todo su ser lo dedicaba a la religión, creándole problemas como el que se había creado con Josefina. Problema que ellos tenían que tratar de evitar por todos los medios que encontraran a su alcance. No quiso continuar Amparo hablando de esto, pensó que su marido llevaba razón en la exposición que le había hecho, y derivó su conversación al buen tiempo que hacía y hacia lo bien que se veía el campo.

Anuncios