Días de vino y rosas (Recuerdos)

            Hora de hacer balance, de echar cuentas, de recordar, de mirar hacia atrás, de recordar los hechos más relevantes, que durante este año nos han ocurrido. Y hora también de archivar recuerdos, de mirar al pasado, de repasar la película de la vida. Y pasan tantas cosas en un año, pasan tantas cosas en una vida, que bien merece darles una vuelta, aunque sólo sea para clarificar recuerdos, para sentirlos de nuevo, para que no se vayan y se queden a nuestro lado para siempre.

             Los recuerdos son parte integrante de la vida. Si sólo hubiera un difícil presente y un futuro incierto la vida sería más difícil, más dura, seríamos más pobres. Del tiempo vivido nos quedan los recuerdos, y debemos dejar entre los pliegues más profundos de la memoria un espacioso lugar para guardarlos y poder volver a mirar nuestra senda de la vida, evocar el camino andado, revivirlo. No podemos olvidar el pasado, nuestro pasado somos nosotros, con él caminamos, a él volvemos, y a veces con él permanecemos largas horas deambulando entre  recuerdos.

           En el primer libro de poemas que publicó Machado (Soledades) hay un poema titulado “El viajero” donde nos muestra al protagonista de este poema  sentado en la sala de la casa. El sol de la tarde de invierno se refleja en una de las paredes de la estancia. Nuestro protagonista partió para un lejano país y  años después vuelve a su casa. Durante su larga ausencia han cambiado muchas cosas, han desaparecido otras. Nuestro protagonista se encuentra triste, absorto, ensimismado en sus pensamientos. Trata de esquivar, de evitar que esas lágrimas que tiemblan en sus pestañas le surquen las mejillas, la emoción le embarga.  El poeta observa y dice: ¿recordará  la juventud perdida? /Lejos quedó la vieja loba muerta.

              El pasado siempre lo evocamos con melancolía y melancolía es la predisposición a la tristeza. Volviendo a Machado y en el libro citado anteriormente (Soledades), en el poema cuarenta y tres, y en la primera edición del mismo, están estos versos que suprimió en ediciones posteriores: Los mismos ungüentos / y aromas y esencias / que en tus alegrías, / verteré en las penas. En las posteriores ediciones, que de este poema se han hecho, omite los cuatro versos ya citados, y empieza así el poema: Me dijo una tarde / de la primavera; / Si buscas caminos / en flor en la tierra, / mata tus palabras / y oye tu alma vieja. / Que el mismo albo lino / que te vista, sea / tu traje de duelo, / tu traje de fiesta. / Ama tu alegría, / y ama tu tristeza.

            Ama tu alegría y ama tu tristeza dice el poeta. Alegría y tristeza son sentimientos del alma nuestra, y si volvemos a ese espacioso lugar de nuestra memoria, del que anteriormente hemos hablado, donde guardamos los recuerdos, alegrías y tristezas, las encontraremos juntas entre los recuerdos, a  veces superpuestas, ligados a veces, relacionados siempre y que en mayor o menor grado dejan esa sensación alegre o triste con que los recuerdos se manifiestan. Alegría y tristeza son sensaciones que van unidas al pasado, nos  afectan y al evocarlo volvemos a sentirlas con igual o mayor intensidad con que los sentimos por vez primera.

             De la vida he recibido una gran cosecha de frutos amargos, y esto hace que al deambular por su senda, los recuerdos tristes sean más numerosos y fuertes que los recuerdos alegres, y pese a esto, no paso sobre éstos, orillándolos, apartándolos, mirando hacia otro lado. Todos mis recuerdos alegres, o tristes, forman mi pasado, al que a veces acudo, para sentir el fluir del tiempo, mis encontrados sentimientos, a la vida que pasa… son una parte importante de mi vida que siento y quiero.

            Las fiestas son lugar de encuentro, de saludos, y estos saludos, estos encuentros, serán la fortuita circunstancia que nos hará volver al pasado, evocar recuerdos, sentir el paso del tiempo. El pasado siempre se añora, las nuevas imágenes de los visitantes que a las fiestas llegan nos traen otras imágenes que dormían en los más profundos pliegues de nuestro cerebro y estas fortuitas circunstancias nos sirven para derribar ese muro que el tiempo había creado en nosotros, y hace que nuestros archivados recuerdos nos hagan sentir de nuevo aquellas  sensaciones, que un día sentimos.   

              Se añora lo que se pierde, dice el poeta. Por eso en los recuerdos hay siempre un poso de tristeza, la añoranza de unos hechos, de un tiempo que no volverá.  No se vuelve al pasado, la senda de la vida sólo se pisa una vez. Sólo podemos evocarla amparándonos en los recuerdos que de ella conservemos, pero vale la pena hacerlo, necesitamos mirar hacía atrás, y para eso nos amparamos en los recuerdos.

             Recordara la juventud perdida, / lejos quedó la vieja loba muerta, nos dice Machado en su poema, ¿Cómo se han guardado estas sensaciones, estos recuerdos, por qué afloran ahora? Si volvemos a ese espacioso lugar de la memoria donde los recuerdos se manifiestan en el alma del viajero con tanta fuerza ¿Acaso sea la causa, el sillón donde se sienta, la mesa en que se apoya, el sol del invierno reflejado en una de las paredes de la estancia? Son tantos los recuerdos que a él se acercan, son tantas las emociones que la vuelta a la casa le trae. Se encuentra desbordado, la emoción le embarga y las lágrimas que trata de evitar moviendo las pestañas, le surcan las mejillas.

              Siempre he sentido con fuerza mis emociones, he sido siempre una persona emotiva y con frecuencia evoco mis recuerdos, vuelvo a mi senda de la vida, e igual que mi hija Mari Carmen dice, también yo podría decir: “Yo nunca lloro, pero a veces, pensando, me caen lágrimas”.

               La feria es siempre época de hacer balance, de ver cómo han ido las cosas, de tratos, de saludos, de tomar decisiones, de evocar el pasado. Época de encuentros, de despedidas, de adioses. Pasan tantas cosas en una feria, son tantos los posos que nos dejan, y las ferias que recordamos son tantas… fueron tantos los días de vino y rosas… guardamos tantos y tan buenos recuerdos archivados de ellas…

               En una feria compramos nuestra primera navaja, tímidamente nos acercamos a las chicas, asistimos a los primeros bailes,  tomamos los primeros vinos, las primeras cervezas, empezamos a juntarnos con las chicas, nos quemaron las primeras llamas de amor, a nuestros oídos llegó el primer te quiero, e intercambiamos el primer beso con la persona amada. Actos éstos que evocamos en estas fechas, con la seguridad de que a la senda de la vida no se vuelve nunca, pero que al mirar el pasado podemos encontrar en él entrañables recuerdos, que igual que los anteriores nos traen las mismas emociones que sentimos y con la misma fuerza que cuando nos afectaron por vez primera.

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