Leñadores 17

A la mañana siguiente, cuando Rufina despertó ya no estaba su madre en la cama. Se vistió a toda prisa, y al salir al patio y no verla, fue enseguida hacia la calle tropezando con ella al intentar abrir la puerta. ¿Por qué barre usted la calle? le dijo. Porque las personas mayores dormimos menos que las jóvenes. ¿No oyes cómo ronca tu marido? Ya la hubiera barrido yo al levantarme. Cuando seas mayor, verás cómo te sobra mucho tiempo para dormir, eso nos pasa a todos, parece que estemos oteando la muerte y por eso no dormimos tranquilos, dijo a Rufina su madre. No hable usted de la muerte, no la llame, contestó Rufina. Las escopetas las carga el diablo.

Salió Cipriano de la cocina donde había dormido, pasó delante de ellas, dándoles los buenos días y se dirigió a la cuadra para darle de comer a Rucio, que al sentir el picaporte del corral, rebuznó para hacer notar su presencia, las dos mujeres continuaron hablando. Pronto salió Cipriano de apiensar a Rucio y dirigiéndose a su mujer le dijo, que le preparara una poca mojama y un cuarterón de pan, pensaba salir al monte para dar una vuelta, y conocer los mejores cortes donde pudiera hacer la leña, que tendría que hacer todos los días. De esta forma cuando empiece a traer leña, sé dónde tengo que ir. Quiero también hablar con los guardas para que ellos me orienten de los mejores cortes, una vez que yo les pida permiso para poder cortarla.

Dirigiéndose Rufina a su marido le preguntó, ¿no estás lo suficiente cansado, después de haber ido y venido ayer a Almagro, andando para allá y para acá, para perderte hoy en el monte buscando cortes de leña, de verdad, no estás cansado? Con el calor que tiene que hacer entre la leña, por esos montes de Dios… Mejor sería que hoy prepararas las sogas, arreglaras la albarda, si es que tiene algo que arreglar, y esta noche, como es sábado, tratas de buscar a los guardas en su casas, y si no han venido esta noche, ya te informarán sus mujeres, por donde los puedes encontrar mañana. Hoy como ayer tiene que hacer mucho calor, mejor será que descanses, y como dice el refrán, mañana será de día y verá el tuerto los espárragos, mientras hoy, preparas tus cosas y dejas todo preparado. Puede que si vas hoy, no encuentres a nadie, y te tengas que venir en blanco, esto es, de la misma forma que has ido, con los asuntos sin resolver.

Una vez que Cipriano intuyó lo que su mujer le había explicado, y durante un tiempo estuvo comparando lo que él tenía pensado con lo que había pensado su mujer, observó cómo lo que le había dicho su mujer estaba mejor argumentado y le iba a dar mejor resultado, si seguía sus consejos, que si obraba con arreglo a sus propios argumentos. Reconoció Cipriano a su mujer que lo que ella le había dicho, le iba a dar mejores resultados que sus propias opiniones, aunque él las había estado pensando durante más tiempo, y que esto era así porque las mujeres pensaban mejor y más deprisa que los hombres. Agradeció Rufina a su marido con una sonrisa la deferencia que hacia ella había tenido con sus palabras, y pensó para sí misma, eso es en algunos casos, no siempre.

Dedicó Cipriano aquel día a preparar sus bártulos, mientras Rufina hablaba con su madre ultimando la fórmula que tenían que seguir para establecer su horario de trabajo. Pensaba Rufina que, con lo que minutos antes acababa de decirle Cipriano, no iba a tener este ningún problema en aceptar el horario que ella le presentara y dado que sus padres, durante treinta años, habían estado desarrollando los mismos oficios que en lo sucesivo ellos iban a desarrollar,  la experiencia que su madre le pudiera trasmitir le iba a ser de suma importancia para establecer sus propios horarios. Durante todo el día permanecieron hablando las dos mujeres del trabajo al que a partir de ahora se iban a dedicar Cipriano y Rufina, de sus inconvenientes y de sus ventajas, tanto del trabajo como del beneficio económico que les iba a reportar. Echaban sus cuentas, hacían sus cábalas mientras que Cipriano entraba y salía resolviendo sus asuntos.

Para la hora de comer Cipriano tenía resueltos todos sus asuntos, solo le quedaba hablar con los guardas de la Nava, Navalonguilla y Valsordo. Había hablado con sus mujeres, y estas le habían dicho que llegarían a la noche, como era sábado y era el día que tenían para bajar al pueblo, para lavarse, cambiarse de ropa y llevarse el pan y la comida para la semana, ya que la noche del sábado era la única noche que podían bajar al pueblo y solo paraban un día en Semana Santa, el día de Santiago, el día de la Virgen y el día de la Pascua. Me han dicho las mujeres que al ponerse el Sol ya suelen estar aquí y que después de cenar, van a afeitarse a la barbería, y con las primeras luces se van otra vez. Pensaba yo haberme ajustado de guarda con el Tío de los Lomillos, dijo Cipriano, menos mal que cuando fui, ya tenia uno que había llegado antes que yo, si no en los Lomillos había acabado mis días. Rieron Rufina y su madre las observaciones que Cipriano había hecho a lo que las mujeres de los guardas le habían contado, y con estos comentarios se fueron a comer.

Durante la tarde, al no tener otra cosa que hacer, se despidió Cipriano de las mujeres diciendo, voy a gastar la cal que te sobró cuando jalbegaste, en repellar un poco la cuadra, que tiene algunos agujeros y desconchones, no sea que al olor del pienso acudan los ratones, o las ratas y se pueble la cuadra de lo que yo no quiero, y vaya a tener que estar apaleando con una vara la puerta, antes de entrar, y la albarda, antes de echársela a Rucio, para no tropezar con esos animalicos, que si Dios cuando creó el mundo no se hubiera acordado de ellos, al menos yo, no se lo hubiera echado en cara. Rieron las mujeres las palabras de Cipriano, y salió este dispuesto a preparar la mezcla de cal y arena que necesitaba para dejar la cuadra como nueva y que ninguno de estos animalicos pudiera pensar que en aquella cuadra podían hacer su casa.

Poco antes de ponerse el Sol salió Cipriano al patio de la casa, donde su suegra y su mujer estaban hablando sentadas a la sombra, delante de una cesta con ropa, que ya debían de haber terminado de repasar, puesto que las dos estaban hablando y la ropa dormía el sueño de los justos dentro de la cesta. Cuando Rufina vio llegar a su marido donde ellas estaban sentadas, le dijo a este, la cuadra la has debido dejar bien limpia, te traes tú todo el polvo y todas las telarañas que había allí, vienes de “chupa domine”, pasa y lávate, cámbiate de ropa antes de salir a la calle, que no te vean así, y deja el viaje que piensas hacer mañana para el día siguiente, si todavía no has terminado, así no puedes salir a ninguna parte. La cuadra sí la he terminado, pero el corral también necesita darle una vuelta, hay en él agujeros entre las piedras, por donde pueden entrar esos animalitos, y sería mejor dejarlo todo bien arreglado, el patio también necesita unos remiendos. Tengo que encargar a Santiago el de los Calerines tres fanegas de cal y un carro de arena, y si quieres que le de una vuelta a la alcoba, a la cocina y al portal, con un par de sacos de yeso lo arreglo, luego tú lo lavas con un trapo mojado en agua, y se queda nuevo.

Eso lo puedo hacer mañana, pasado mañana voy a ver los guardas y me traigo una carga de leña seca para nosotros, una vez que los guardas me enseñen los sitios donde mejor la pueda hacer. Estuvo de acuerdo Rufina con todo lo que su marido le había dicho, y ambos quedaron en que, una vez que se lavara y se cambiara de ropa, iba a ir a encargar la arena y los materiales que necesitaba y desde allí se iba a acercar a hablar con los guardas, para decirles que el lunes iría a verlos para que ellos le dijeran donde mejor podía cortar la leña. Una vez lavado y arreglado salio Cipriano de su casa dispuesto a hacer lo que a su mujer acababa de decirle.

Cuando volvió a su casa aquella noche, ya se había ido su suegra a dormir a la suya, le dijo su mujer que no había querido esperar a que él llegara, por si él se empeñaba y no la dejaba que se fuera esa noche y tenía que quedarse hasta el día siguiente, pero que ella le había dado una poca mojama, un poco queso en aceite y unos pocos tomates de los que había comprado por la mañana de casa del vecino, pan tenía ella y no había querido llevarse, porque el suyo ya se le estaba poniendo duro, y si lo dejaba, se lo iba a tener que echar a las gallinas. Pienso, dijo Rufina, que se ha ido porque no durmieras solo en la cocina, mi madre siempre ha tenido  la virtud de no querer estorbar, eso si se lo tenemos que agradecer, eso, entre otras muchas cosas, interrumpió Cipriano. Gracias por el buen concepto que de mi madre tienes, le respondió Rufina.

Cenaron pronto y aquella fue una gran noche de amor y de placer que los dos agradecieron a su madre. A la mañana siguiente el Sol los despertó en la cama.

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