Leñadores 34

El negocio de la casa seguía progresando, mientras José seguía yendo a la escuela y progresando también de forma adecuada. Iban pasando los días, los meses, los años, mientras la familia iba progresando en dinero y prestigio. El pueblo ya había pasado de los tres mil quinientos habitantes y se acercaba a los cuatro mil. La tienda de Rufina agrandaba sus ventas y su prestigio día a día y Cipriano llegó a conocerse en el pueblo, más por el marido de Rufina, que por su propio nombre. Sus amigos solían decírselo cuando se juntaban, al hablar de él en su presencia, en vez de llamarlo por su nombre, le decían marido de Rufina y había veces que alguno de ellos lo llamaba con el nombre de confirmado. Cuando Cipriano oía que al hablar de él utilizaban estos nombres, parecía que se lo llevaban los demonios, a veces se callaba y no se daba por aludido y a veces contestaba a cajas destempladas. No le gustaba ocupar el segundo puesto de la casa.

Con el paso de los días, quien alcanzaba más protagonismo era José, poco a poco se iba haciendo el principal protagonista de la casa, casi sin que los demás se dieran cuenta. El chico era alegre comunicativo y cariñoso, siempre tenía incidencias que contar cuando llegaba a su casa. Bien relacionadas con su aprendizaje, o bien relacionadas con sus actividades fuera de la escuela. Se sentía siempre atendido y querido por todos los miembros de la familia, y esto le hacía corresponder siempre con la misma moneda que de ellos recibía. Con sus amigos y compañeros le pasaba lo que en su casa, recibía el cariño y la amistad de todos y él les pagaba con la misma forma.

A Cipriano lo tenía obsesionado la huerta y el poco dinero que de ella sacaban. Pensaba que con la huerta que tenían una familia podía vivir bien, sin tener que dedicarse a otra cosa y que ellos la estaban desaprovechando, que con el trigo que sembraban sacaban para el pan que comían y poco más, y con un pequeño trozo que sembraba de hortalizas, un tablar de patatas, una era de ajos y otra de cebollas, tenían las que necesitaban en la casa, pero la de carros de tomates y pimientos que podían sacar, si sembraran la mitad de la huerta cada año de hortalizas. Eso no le entraba en la cabeza a Rufina, ni siquiera se le ocurría pensarlo, decía si alguna vez se lo digo, ni me contesta. Dice que con lo que tenemos, tenemos bastante, y que los negocios hace falta atenderlos, que no por mucho madrugar, amanece más temprano. Con eso me arregla, no me da más explicaciones, eso es lo que nosotros sacamos de la huerta, si alguien te dice otra cosa, te engaña.

Teniendo una de las huertas mas tempranas y mejores del pueblo, eso es lo que sacamos de ella, las cuatro hortalizas, las patatas que comemos y los ajos y las cebollas que necesitamos. Y el pan, que se te olvidaba, dijo Rufina. ¿Que vamos a hacer, pasar todo el verano al sol y dejar cerrado lo que aquí tenemos, para que cuando aprete el calor y empiecen las matas a echar hortalizas con fuerza, nadie las quiera y las tengamos que dejar que se pudran al sol? No entra en mi cabeza echar horas y horas al sol durante todo el verano, para que cuando tengas la cosecha de coger, la tengas que dejar en la huerta, para que se pudra y te tengas que venir con las manos vacías. Prefiero yo que eso lo hagan otros, no nosotros. Nosotros tenemos otras cosas que hacer sin tener que estar todo el verano tostándonos al sol, y sudando como pollos, para luego venirte sin nada y dejar allí la cosecha. Eso pasa algunos años, otros no pasa eso, contestó Cipriano.

Siempre que hablaban de la huerta, las posturas que ambos mantenían eran encontradas. Sabía Cipriano que nunca le iba a hacer ver a su mujer las bondades de ser hortelano, pero el echaba de menos el sembrar su huerta de hortalizas, aunque nunca pensaba imponer su criterio, frente al que mantenía su mujer. Sabía que su mujer era más lista y no se atrevía a contradecirla, prefería que fuera él quien cediera, a ser él quien se equivocara.

Pasaban los días, los años, la forma en que se habían establecido, les hacía progresar y para nada necesitaban la huerta. Tampoco necesitaban lo que de la huerta sacaban, pero a Cipriano le gustaba sembrar su pequeño trozo de huerta, donde poder coger sus hortalizas, sus patatas, sus ajos y sus cebollas y el pan de la casa, como una vez le había dicho Rufina. Le gustaba buscar un rato de tiempo, para ir a ver cómo estaba aquello y arreglar las cosas que el paso del tiempo iba deteriorando, lo mismo le pasaba a Rufina y aunque las visitas que hacía a la huerta eran más espaciadas que las que su marido hacía, no se desentendía de ella. Siempre tenía la casa, jalbegada y limpia, los arriates de la casa, sin hierbas y con flores, guardaba sus hierbabuenas y sus cañaverales para regalárselos a quien los necesitara, se sentía contenta con haberla comprado y esa era la causa de tenerla como la tenía. A los cuatro miembros de la familia les gustaba ir a la huerta y cuando hacía un buen día, o tenían algo que celebrar, lo aprovechaban para comer allí, y pasar el día en el campo. A ninguno le gustaba quedarse en la casa.

Aquel año, José iba a cumplir ocho años. Los hacía en el mes de marzo, aunque no fuera precisamente el día de San José cuando los hacía, su madre eligió este día para celebrarlo, porque este día era fiesta,  caía en domingo y era su santo y el de su abuelo muerto. A todos le pareció bien la propuesta que les estaba haciendo Rufina, y encantados, le cogieron la palabra.

El dieciocho de marzo, mientras comían le dijo Rufina a su marido, cuando terminemos de comer, pasas al corral, coges el pollo que más te guste, lo matas y me lo das que lo arregle. Lo voy a arreglar ahora, para que mañana podamos salir temprano, el tiempo está muy bueno, y allí siempre tenemos cosas que hacer. Podemos salir a dar un paseo por el monte, para que lo conozca José, y sepa a qué te dedicabas tú cuando compramos a Rucio. Que sepa lo que tú hacías mientras yo iba a lavar a la Higuera la ropa que después tú llevabas a Almagro. Bueno es que sepa cuáles fueron nuestros principios. Que sepa, que cuando nos casamos, no teníamos burros, no teníamos casa y tampoco teníamos huerta.

El día de San José se levantaron temprano, desayunaron y una vez que las mujeres arreglaron la casa. Se fueron a la huerta, dejaron el carro delante de la casa, metió Cipriano los animales en la cuadra, les dio de comer y enseguida fue a ver cómo le habían dejado la huerta, se la habían arado aquella misma semana. Rufina y su madre entraron en el corral, sacaron leña que enseguida encendieron en la cocina y pusieron el pollo en la sartén, para que fuese cociendo. Después se dedicaron a arreglar la casa, a quitarle la hierba a los arriates y a sembrar en ellos geranios, enredaderas y pericones, a quitar la hierba del empedrado y después a recortar los rosales y las madreselvas que rodeaban la parte delantera de la casa.

Volvió José con su padre de ver la huerta recién arada y con la ilusión que su padre le había infundido  de verla sembrada de hortalizas y de tornasoles. Llegó a la alberca, y al no verlas por allí, pasaron a la cocina, donde las encontraron cuando estaban a punto de apartar la comida. A José le había estado hablando su padre de la huerta, durante todo el tiempo que con él había estado de la negativa de su madre, a que sembraran una huerta grande de tomates, pepinos, pimientos y tornasoles. Pensaba José influir en su madre lo suficiente, para que esta levantara el veto a las hortalizas. Ante la negativa de su madre a su propuesta, pensó José que lo mejor iba a ser seguir insistiendo con todas las razones que él y su padre pudieran aportar, y no darse por vencidos, hasta que su madre no entrara en razones y aceptara sus fundados argumentos.

Cuando los vieron llegar, dijo Rufina, pensábamos ya que no veníais, que estaríais preparando la tierra, para sembrar la huerta, con la gana que tiene tu padre de sembrar hortalizas. Creíamos que os habríais puesto a preparar la tierra. No hemos estado preparando la tierra para sembrarla de hortalizas como tú piensas, pero hablando  de sembrarla, si hemos estado, le dijo Cipriano a su mujer, en eso si hemos gastado un buen rato. Pues dejar de pensar en la huerta, que miedo me da que penséis en ella. Vamos a comer y dejar las especulaciones para luego, hemos preparado una buena comida y un buen postre y para después de comer ya encontraremos temas que tratar, que sean más interesantes y menos peligrosos.

Durante la comida, nadie habló de la huerta, ni de los frutos que de ella se sacaban, hablaron  del buen tiempo que estaba haciendo,  de lo hermosos que estaban los almendros, de las flores que tenían y de lo hermoso que estaba el campo en general. Dejaron la huerta para la sobremesa, tiempo tenemos para hablar de ella, no quisiera yo dedicar mucho tiempo a la huerta, me temo lo peor, dijo Rufina a su familia cuando intentaron hablar de ella. Me temo que pueda hacernos daño a alguno, de los presentes.

La comida fue una buena comida, la había preparado Rufina para su familia y la había pensado hacer sin economías sin pensar en la que las cosas podían valer, un día es un día, se dijo. Y la comida salió bien para el gusto de todos los comensales. Después de comer se hablo de la huerta que Cipriano soñaba ver crecer en la tierra que habían comprado y que según el pensaba, no merecía verse así, la tierra es para trabajar en ella, no para abandonarla decía. La tierra es para trabajar en ella, cuando no tengas otra cosa mejor que hacer, pero la tierra también es dura, insegura y poco rentable, nosotros no debemos abandonar lo que estamos haciendo, que es una ocupación tranquila, cómoda, segura y fácil de llevar sin demasiado esfuerzo, para cambiarla para ser hortelanos y las dos cosas no podemos llevar. Vamos a seguir por el camino que vamos. no corramos riesgos que nos hagan perder lo que tenemos y luego no lo volvamos a alcanzar. No se atrevió a contestar Cipriano y José no quiso contradecir a su madre, la había oído hablar con mucha seguridad.

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