Mi caballo

“A mi hija Mari Carmen, que tanto sintió su muerte y que tanto me ayuda a escribir”

Mi caballo era el caballo blanco de mi padre. Me lo dio apenas lo trajo del picadero.Cuando llegó a casa yo tenía trece años.

Me gustaba oír sus cascos en el adoquinado cuando se acercaba a mi ventana, verlo blanco y grande, con sus limpias y blancas crines, su elevada cabeza, sus grandes ojos, obediente siempre a cualquier indicación que mi padre le hiciera. Para mí, era la imagen más hermosa que  pudiera soñar.

Lo recuerdo en la cuadra, comiendo en el pesebre mientras yo miraba sus crines, su larga cola, su hermosa grupa. En la calle, en la carretera, cuando los coches se paraban para verlo pasar, cuando después de una larga caminata mi padre lo limpiaba con agua y jabón hasta que lo dejaba blanco y limpio.

Un día fuimos a verlo, lo encontramos triste, buscamos al veterinario que le diagnosticó un cólico y le puso unas inyecciones. Pensamos que con eso mejoraría, pero la muerte estaba llamando a su ventana.

A la hora de cenar mi padre tardó más de lo habitual en llegar, nos dio la noticia: el caballo acababa de morir.

Fuimos con él toda la familia a darle el último adiós. Estaba tumbado en el porche, con el belfo caído, enseñando sus blancos dientes, con sus grandes ojos abiertos. Todos sufrimos una gran impresión. La tristeza nos invadió a todos y esas lágrimas que fluyen solas sin ninguna palabra, sin ningún gemido, fueron apareciendo en los ojos de todos.

Le estuvimos mirando largo rato, le hicimos la última caricia y le dimos el último adiós. Pronto se supo en el pueblo la muerte del caballo. Buscaron a mi padre, para que les diera sus crines, querían hacer con ellas pelucas para los armaos en Semana Santa. Lamento mucho decir no, contestó mi padre. No quiero mutilarlo, aunque esté muerto. Y les recordó los  versos de un poema musicalizado del poeta y cantautor argentino Atahualpa Yupanqui, en el que evoca la muerte de su caballo y que dice textualmente:

“Si como dice el poeta

hay cielos “pa” el buen caballo,

allí estará mi pingo,

galopando…  galopando…”

No quiero que nada le falte, quiero que, igual que el de Atahualpa, galope con sus crines tendidas al viento, entre las nubes.

A la mañana siguiente quise ir con mi padre a enterrar al caballo y aunque en mi casa pusieron algunas objeciones, mi padre me llevó. Cuando llegó el tractor con el caballo muerto, ya estaba abierta su tumba. Con sumo cuidado lo dejó caer la pala y poco a poco lo fue cubriendo la tierra, y otra vez, como la noche anterior, fueron apareciendo las lágrimas en las mejillas de los que allí estábamos mientras que una fría neblina de agua y nieve nos envolvía a todos.

Sobre la tumba del caballo sembramos un sauce, para que éste nos evocara el recuerdo de aquel caballo que, con tanto dolor le dimos tierra, aquella fría mañana de febrero de hace tantos años.

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