¡Qué serio está Don Quijote!
¡Qué serio, señor, qué serio!
Ha perdido la locura
que daba a su alma sustento,
y ahora, cerca de la muerte,
se ha vuelto juicioso y cuerdo.
Cuando se oigan las campanas,
que por él toquen a muerto,
y vengan a despedirlo
sus amigos y sus deudos,
dirán en sus oraciones,
toda su vida fue un loco,
ha muerto juicioso y cuerdo.
Yo no quiero Don Quijote,
morir como tú en el lecho
con el alma destrozada
y el cerebro sano y cuerdo.
Prefiero yo cabalgar
a lomos de mi jamelgo
y lanza en ristre chocar
con los molinos de viento.
Si no los oigo caer,
oiga el quebrar de mis huesos.