Su sonrisa es el placer
con que suele concluir
su atinada observación
en espera de obtener
tu sentida aprobación.
Cuando se pone a marchar
lo hace con tal precisión,
que el sonar de su tacón,
lo solemos confundir
con el tic-tac de un reloj.
Tic-tac-tic, tic-tac-tic-toc.
Su rimado caminar.
Tic-tac-tic… tic-toc-tic-tac.
Su estudiada vanidad
tic… tac… tic… tic… tac … tic… toc
Su morbosa presunción.
Tic-tac-tic… tic-toc-tic-tac.
Su sonido no es metal.
Su sonido es la oquedad,
que nos enseña al quebrar,
un vacío cascarón.