Al borde del camino
marchitas, maltratadas,
tiznadas por el fuego,
que sus ramas quemara.
Sin ninguna defensa,
solas crecen las zarzas.
Como niños mendigos
a quien nadie cuidara.
Todas llenas de espinas
como las almas malas.
Sin ningún jardinero.
¡Solas… abandonadas!
Anduvieron errantes
por zonas despobladas
y, por eso, dolidas
de ser tan maltratadas,
se cubrieron de espinas
porque no las pisaran.
Andando en mis paseos,
las veo tan desoladas…
no dan sombra, ni fruto
ni dan nada de nada.
¿Acaso no las quieran
porque no tienen nada?
Al borde del camino,
solas… abandonadas,
en la tierra de nadie,
junto al duro camino
creciendo lentamente,
¡van dejando sus ramas!
