Paseando una noche de invierno,
cansado de casino, de ruido y de tabaco,
he llegado a la plaza ajardinada
donde envejece la casa de mis antepasados.
Es una estancia fría.
Tienen sus balcones fuertes empersianados
y sus puertas, de grandes llamadores,
dan a un zaguán muy largo.
Un zaguán con una puerta al fondo,
en donde está el reloj parado.
De todas sus estancias, guardo
el recuerdo de quienes las moraron.
Penden de las paredes, cuadros,
tapices, espejos, los muertos retratados…
En la planta de arriba, al andar,
se oyen teclear los baldosines levantados,
y en el patio esos pájaros negros
que siempre están chillando.
Por sus ventanas agrietadas,
el sol entra listado
lanzando contra muebles y paredes
regueros de polvo iluminado.
Cómodas, armarios, canastillos,
camas, sofás, sillones desechados…
Cuánto mueble viejo encierra.
Cuántos objetos olvidados.
Cuánta tristeza encierra, el viejo caserón.
¡El viejo caserón, que siempre está cerrado!

De esta casa yo tengo
recuerdos de algún verano.
De un patio grande y cuidado,
de un palomar a su lado.
De mis primos y mis tías
que nos querían al lado.
Y del Gran Inquisidor,
un pariente muy lejano
que al subir las escaleras,
siempre miraba enojado.
BELÉN
Belén, puedes ver el cuadro del Inquisidor en el Cap. 3 de la narración de Aceña, en https://valentinvillalon.com/acena/acena-capitulo-3 (hacia la mitad del relato).
Pedro Pablo
Primeros recuerdos que esta casa me traen: a la derecha dos dormitorios, uno para mi bisabuela casi centenaria con una mecedora en la que ella leía el periódico o alguna revista, pero siempre leía.
…y un patio donde la Tía Pilar nos enseñaba, antes de darnos la paga, a diferenciar unidades, decenas, centenas…